Siempre he sido un cobarde. No es algo de lo que sentirse orgulloso, pero así es como soy. No tengo miedo a la muerte (bueno, por lo menos en estos momentos) porque a todo el mundo le debe llegar su hora. Tengo miedo al dolor, a la soledad, a los cambios, a que todo siga igual... Tengo miedo a la vida.
Dicen mis padres que cuando era niño no me gustaba subir a las atracciones. También huía de los gigantes y cabezudos. Hablando con ellos sobre este tema recordé la ocasión en la que posiblemente me di cuenta por primera vez que yo no tenía nada que ver con los héroes de las películas que veía o de los tebeos que leía.
Era otoño, o quizás primavera. Hacía fresco y estaba nublado pero no llovía. Tenía unos ocho años y estaba en un polideportivo mientras mi hermana participaba en alguna competición deportiva. Un niño un poco más pequeño y yo nos estábamos aburriendo soberanamente así que decidimos salir de allí y explorar las instalaciones deportivas, supongo que creyéndonos Indiana Jones (igual la habían echado el día antes en la tele). En nuestro caso el "templo maldito" que encontramos fue la piscina descubierta. Era una piscina semi olímpica en cuya superficie flotaban algunas hojas (entonces era otoño, no primavera). Recuerdo que empecé a jugar alrededor de la piscina ( pero algo alejado del borde puesto que no sabía nadar y siempre fui un niño prudente/cobarde) cuando de repente oí un fuerte *SPLASH*. Me dí la vuelta y vi que mi compañero se había caído al agua. Estaba braceando, luchando por agarrarse a la orilla (él tampoco sabía nadar). Gracias a Dios cayó al lado del borde y se pudo agarrar rápidamente. "¿Y qué hiciste tú?", se preguntaran ustedes, o pacientes lectores. No hice nada. Cualquiera de mis héroes se hubiese acercado corriendo a la orilla y le hubiera dado el brazo, o hubiese buscado un palo para que lo alcanzara. Pero yo me quede inmóvil, mirando como movía los brazos. No recuerdo si gritaba o no pidiendo ayuda. Sólo recuerdo que me quedé congelado. Como un cobarde. Como lo que era. Como lo que soy.
Hacía mucho que no pensaba en este suceso, pero el otro día me volvió a la mente por sorpresa, como un flash. Al recordarlo me di cuenta de que si volviese a pasarme algo parecido probablemente me quedaría de nuevo congelado porque no me parezco en nada a un héroe. Quizás sea por eso por lo que sigo leyendo superhéroes a mi edad. Porque ellos son todo lo que no soy. Porque igual inconscientemente creo que si los leo una y otra vez se me pegará su valentía y seré capaz de enfrentarme sin miedo a la vida.
Dicen mis padres que cuando era niño no me gustaba subir a las atracciones. También huía de los gigantes y cabezudos. Hablando con ellos sobre este tema recordé la ocasión en la que posiblemente me di cuenta por primera vez que yo no tenía nada que ver con los héroes de las películas que veía o de los tebeos que leía.
Era otoño, o quizás primavera. Hacía fresco y estaba nublado pero no llovía. Tenía unos ocho años y estaba en un polideportivo mientras mi hermana participaba en alguna competición deportiva. Un niño un poco más pequeño y yo nos estábamos aburriendo soberanamente así que decidimos salir de allí y explorar las instalaciones deportivas, supongo que creyéndonos Indiana Jones (igual la habían echado el día antes en la tele). En nuestro caso el "templo maldito" que encontramos fue la piscina descubierta. Era una piscina semi olímpica en cuya superficie flotaban algunas hojas (entonces era otoño, no primavera). Recuerdo que empecé a jugar alrededor de la piscina ( pero algo alejado del borde puesto que no sabía nadar y siempre fui un niño prudente/cobarde) cuando de repente oí un fuerte *SPLASH*. Me dí la vuelta y vi que mi compañero se había caído al agua. Estaba braceando, luchando por agarrarse a la orilla (él tampoco sabía nadar). Gracias a Dios cayó al lado del borde y se pudo agarrar rápidamente. "¿Y qué hiciste tú?", se preguntaran ustedes, o pacientes lectores. No hice nada. Cualquiera de mis héroes se hubiese acercado corriendo a la orilla y le hubiera dado el brazo, o hubiese buscado un palo para que lo alcanzara. Pero yo me quede inmóvil, mirando como movía los brazos. No recuerdo si gritaba o no pidiendo ayuda. Sólo recuerdo que me quedé congelado. Como un cobarde. Como lo que era. Como lo que soy.
Hacía mucho que no pensaba en este suceso, pero el otro día me volvió a la mente por sorpresa, como un flash. Al recordarlo me di cuenta de que si volviese a pasarme algo parecido probablemente me quedaría de nuevo congelado porque no me parezco en nada a un héroe. Quizás sea por eso por lo que sigo leyendo superhéroes a mi edad. Porque ellos son todo lo que no soy. Porque igual inconscientemente creo que si los leo una y otra vez se me pegará su valentía y seré capaz de enfrentarme sin miedo a la vida.































