Las primeras olimpiadas que recuerdo son las de Barcelona 92, con aquel momento tan espectacular del encendido del pebetero (hay gente que sigue discutiendo si la flecha entró o no, discusión que personalmente creo que carece de toda importancia). Mi edad todavía no llegaba a las dos cifras, pero sentía que aquella concentración de deportistas era algo especial.
Para las olimpiadas de Atlanta 96 ya era un poco más mayor (concretamente 4 años mayor. Es lo que tiene que las olimpiadas sean cada cuatro años, que cada vez que ves una eres 4 años mayor que cuando viste la anterior) y por tanto podría tener más recuerdos. Sin embargo lo único que me viene a la cabeza cuando pienso en ese evento es que estaba en el pueblo, que las retransmisiones eran por la tarde y que el logo aparecía en aquellos botes de coca-cola que comprábamos a 100 pesetas en la máquina para calmar la sed después de jugar un partido o de hacer alguna excursión con la bici.
Cuatro años más tarde llegó Sydney 2000. Para entonces ya tenía claro dentro de mi cabeza lo que deberían representar unas olimpiadas:
El mundo es muchas veces un lugar frío, oscuro, desagradable dónde todo se mueve por intereses y motivos ocultos. Aún así una vez cada cuatro años atletas de todos los países se reunen para competir. Se convierten en rivales por algunos segundos, pero amigos para el resto de sus vidas (o al menos eso era lo que buscaba Pierre de Coubertin). Las olimpiadas deben ser un lugar de unión y hermandad para los deportistas dónde lo importante no es vencer al rival sino vencerse a uno mismo. "Lo esencial en la vida no es vencer sino luchar bien".
Y con estas convicciones vi las olimpiadas de Sydney (y las siguientes), valorando a los atletas por representar lo mejor del ser humano (aunque la profesionalización del deporte haya hecho mucho daño, pero ese ya es otro tema), por su espíritu de superación y de lucha, por propagar un mensaje de unión y esperanza, por representar ese espíritu olímpico que nos hace recordar que podemos hacer del mundo un lugar mejor. Los que ganan medallas merecen admiración, pero es ese atleta que llega el último a la meta el que me contagia el espíritu olímpico.
Y con estas convicciones vi las olimpiadas de Sydney (y las siguientes), valorando a los atletas por representar lo mejor del ser humano (aunque la profesionalización del deporte haya hecho mucho daño, pero ese ya es otro tema), por su espíritu de superación y de lucha, por propagar un mensaje de unión y esperanza, por representar ese espíritu olímpico que nos hace recordar que podemos hacer del mundo un lugar mejor. Los que ganan medallas merecen admiración, pero es ese atleta que llega el último a la meta el que me contagia el espíritu olímpico.
Pd: Después de explicarles lo que significan las olimpiadas para mi he de confesarles que lo que más recuerdo de Sydney 2000 es aquel momento de la ceremonia de clausura en el que todo el estadio olímpico se puso a cantar el "Waltzing Matilda". Me emocioné entonces, y ese mismo cosquilleo me recorre el cuerpo cada vez que lo veo:
Pd2: Sé que las olimpiadas de invierno también son olimpiadas pero, por alguna razón que desconozco, para mi los de verano son los auténticos Juegos Olímpicos.


